"Un nuevo comienzo"
-Maestro Uriel...-llamó uno de sus ángeles, de pie bajo la arcada de piedra que daba paso a la capilla.
Lentamente, éste se dio la vuelta. Sus ojos, al igual que el resto de su rostro, se mostraban totalmente calmados y libres de cualquier preocupación.
-¿Qué sucede, Shawn?
-La capital ha presentado hoy su rendición sin condiciones-explicó el otro con un deje de alegría en la voz-. Con esto, tanto la Tierra como Abbise le aceptan como nuevo dios y se doblegan a su voluntad.
Uriel asintió con la cabeza, dándole acto seguido la espalda para concentrarse de nuevo en las vidrieras.
-¿Qué opinas de esta realidad?-murmuró, escogiendo bien las palabras.
-¿A qué se refiere, señor?-preguntó Shawn, frunciendo el ceño.
-No es nada, olvídalo. Puedes retirarte.
El ángel hizo una reverencia y, con pasos rápidos, abandonó la sala. A nadie le agradaba la catedral que Uriel había creado de la nada al llegar a Abbise, y preferían pasar el menor tiempo posible dentro de ella. Él, por su parte, la adoraba.
-El Universo es mío...-murmuró, clavando sus ojos fríos en la vidriera-. Se acabó... Por fin...
Con elegancia, extendió sus alas, saliendo por el agujero del tejado, pensado específicamente para salir de la capilla sin problemas.
-Señor, su coronación no será hasta mañana-murmuró un ángel, elevándose hasta estar a su misma altura-. No debería salir a estas horas...
-Hay algo que debo ver-respondió Uriel, descendiendo con lentitud hasta la entrada de la capital.
Los edificios, de toque clásico, estaban medio derruidos por la guerra, pero el palacio se conservaba perfectamente, alzándose en el centro de la ciudad y destacando entre las demás casas.
Las calles estaban totalmente desiertas. Aquellos que habían sido juzgados traidores por negarse a obedecerle habían sido encerrados, y para todos los demás se había establecido un toque de queda, por lo que podía caminar tranquilamente por las calles sin ser molestado. Los únicos con los que se cruzaba eran los guardias que habían mandado para proteger la ciudad, y éstos agachaban la cabeza al verle pasar sin decirle una palabra.
Por fin, tras mucho caminar, llegó al palacio divino. Dos soldados, antiguos miembros de la Guardia Divina, protegían la puerta, armados con sendos adapses. Al verle llegar, abrieron la puerta para él, haciendo una reverencia a su paso.
-Aquí está... El mensaje de los arcanos...-murmuró Uriel, observando las tallas de las paredes.
Una parte de su interior, quizá el gen original, traducía automáticamente los símbolos grabados en la roca, permitiéndole entenderlo. Sin embargo, no lo necesitaba: todo lo que estaba allí escrito lo sabía desde antes, como una voz lejana y dulce.
Alguien entró en el palacio, pero no se giró para verle.
-¿Qué sucede, Shawn?-preguntó Uriel.
-Señor... Quería hacerle una pregunta algo delicada...
-Adelante.
A pesar de todo, el ángel esperó un rato antes de hablar, dubitativo.
-Queríamos saber... ¿Qué sucedió en los Apuntes de Dios?-preguntó al fin con voz temblorosa.
Uriel se quedó callado, pensando qué responder, pero sin desviar la mirada de las tallas de piedra.
-A veces la ignorancia es la mejor opción-murmuró Uriel con gesto serio-. ¿Por qué deseas saber?
-Curiosidad, supongo...
-Puede que te arrepientas de haber preguntado si te respondo.
-Si no desea decírmelo, señor...
-Es mejor que no lo sepas-cortó él, entrecerrando los ojos-. ¿Alguna otra pregunta?
Shawn negó con la cabeza, comprendiendo al instante que Uriel no podía verle.
-No, señor. Nada más, señor.
-¿Tienes tiempo?-preguntó el dios, girándose para mirarle a los ojos. Shawn asintió con la cabeza-. Acompáñame. Quiero contarte una historia.
Ambos comenzaron a pasear por los pasillos de piedra del palacio, sin mirarse, manteniendo un silencio respetuoso hasta que Uriel decidió hablar.
-Este Universo... No, esta realidad, todo cuanto puedas imaginar y lo que no... Todo es regido por las tres divinidades. Supongo que habrás oído rumores al respecto.
-El Material, el Antimaterial y la Inmaterial-afirmó Shawn, asintiendo con la cabeza-. ¿Son ciertas las leyendas, pues?
-Así es-respondió Uriel-. Los tres surgieron a un tiempo con el Universo, cual tercios de un entero. Complementarios, pero también opuestos.
El dios calló, haciendo una pausa que el ángel entendió como el final de la historia.
-Entonces... ¿Ese es el origen de la realidad?-preguntó.
-Así lo creía, hasta que Exis hizo que dudase-explicó Uriel-. Por lo visto, recién nacidos, los tres dioses oyeron una voz. Una voz que el Material denominó “el eco de los arcanos”. Y ese “eco” es lo que está transcrito en estas paredes, tallado para la posteridad.
-¿Hubo algo antes del Universo?
Shawn le miraba extrañado, con el ceño fruncido, procurando entender las explicaciones del dios.
-Así lo creo.
-Entonces, esos arcanos... ¿Tenían la cantidad de poder necesaria para crear una realidad?
-Esos arcanos son en realidad solo uno, según explican estas marcas de las paredes-respondió Uriel-. Uno que, con el nacimiento de todo, se dividió en tres.
-Las tres divinidades...
El dios asintió con la cabeza, deteniéndose en la sala central del palacio y señalando las inscripciones de la pared de fondo.
-“Tres partes de un todo, tres partes que se completan para entender”-leyó Uriel-. “Una capaz de leer, condenada a destruir; otra, capaz de escribir, condenada a no existir del todo; y la última, capaz de hablar, condenada a crear seres imperfectos”.
Shawn se había quedado quieto a la entrada de la habitación, mientras el otro avanzaba con pasos lentos y calmados hacia la pared de roca.
-Y ahora, los tres fragmentos necesarios vuelven a estar unidos en mí-explicó el dios con voz serena y potente-. Lo que significa que debo decidir.
-¿Decidir qué, señor?
Uriel le miró por encima del hombro, pero no paró de caminar.
-Shawn, yo soy el juez de esta realidad. Debo decidir si el universo es reiniciado. Todo está aquí, escrito a la vista de todos sin que ninguno pudiese entenderlo. Casi irónico.
-Maestro Uriel...
-Este Universo es vergonzoso-continuó él, que ya no parecía oír al ángel-. Guerra, odio, racismo... Nada hay que pueda ser salvado, pues lo que es puro no puede separarse de lo que está podrido. Voy a destruir todo y a construirlo de nuevo, por tercera vez.
-Señor, no puede hacer eso. Ahora que ha reunido el poder...
-Conseguí el poder gracias al sacrificio de una joven inocente que, tras manchar sus manos con la sangre de la portadora, las manchó con la suya propia para dármelo-interrumpió Uriel-. Yo tampoco soy puro. Por eso debo cumplir con mi misión como arcano.
Shawn le miraba con miedo desde su posición, con los ojos exageradamente abiertos.
-No te preocupes: no sentirás nada. El Universo se arrugará en menos de una milésima de segundo y volverá a estallar como un nuevo Big Bang, dando lugar a uno nuevo.
-Señor...
-No tienes familia de quien despedirte, Shawn, y te aseguro que no debes tener miedo. Solamente debes confiar en mí.
Uriel le tendió una mano.
El ángel dudó, tembló en su sitio y palideció, todo en cuestión de instantes. De pronto, salió volando, dejándole a solas. El dios encogió el brazo, continuando su camino hacia la gran pared de roca y apoyando su mano sobre la misma.
-La soledad. El destino del arcano-murmuró.
Los símbolos brillaron un solo instante, con una intensa luz plateada que a Uriel se le antojó verdaderamente hermosa.

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