sábado 17 de septiembre de 2011

Apocalipsis, Cap. XI

"Reunión ancestral"

Uriel abrió los ojos lentamente.
Todo el vestíbulo había desaparecido, y ahora todo era de color blanco. Antes de poder pensar nada, vio a Karolina, caída en el suelo. Corrió hacia ella.
-¿Estás bien?-preguntó, ayudándola a sentarse.
-Hmmm-respondió ella, abriendo lentamente los ojos-. ¿Qué ha pasado?
Karol se terminó de incorporar, viendo de pronto a Ekaterina frente a ella, aún desmayada.
-¿Es la portadora?-preguntó, señalándola con el dedo.
Uriel la miró, extrañado, con el ceño fruncido.
-¿Exis?
-¿De qué hablas?-murmuró ella, imitando su mirada de sorpresa-. Soy yo, Karolina. ¿No me reconoces?
-Has despertado... ¡Has despertado!
-No te alegres tanto. Aún no me he olvidado de lo que me hiciste, y sigo bastante cabreada contigo-respondió-. Pero necesito información. ¿Qué ha pasado?
-Digamos que caíste en coma y una... segunda personalidad latente tomó el control-explicó el renegado, abreviando rápidamente-. Es una historia larga.
-¿Y Exis? ¿Quién es?-preguntó Karol, poniéndose en pie-. ¿Esa segunda personalidad, quizás?
-Sí, y el dios de la antimateria-respondió Uriel-. Como ya te he dicho, es una historia muy larga que te explicaré más tarde... si hay un más tarde, claro.
-Lo que me lleva a mi siguiente duda...
-¿Dónde estamos?-terminó él, inspeccionando el terreno rápidamente-. No podría decirlo con total seguridad, pero juraría que son los Apuntes de Dios.
-Y no te equivocarías-intervino una voz ajena.
-¿Quién eres?-preguntó Karol, buscando a quien había hablado.
-Soy yo. Exis-respondió la voz-. El dios que dormía en tu ADN.
-¿Qué ha pasado? ¿Has destruido el Universo?-gritó Uriel, mirando hacia arriba.
-No... El choque de fuerzas nos ha traído aquí, aunque no tengo muy claro para qué-explicó el dios-. Supongo que él podrá explicárnoslo.
-¿Él?-preguntó Karol, frunciendo el ceño-. ¿Quién es “él”?
-No soy exactamente un “él”-respondió una nueva voz-. Tampoco soy una “ella”.
-El gen original...-murmuró Uriel, extrañado-. Tú estabas sellado...
-No en este lugar. Los Apuntes de Dios son una excepción a las normas de la realidad-explicó Exis-. Aquí, los tres podemos ser libres.
-La Eterna-susurró Karolina-. ¿Cómo es posible? ¿No estaba...?
-¿Encerrada en tres cuerpos humanos en la Tierra?-comentó la tercera voz-. No es exactamente así. Al crear a Uriel, mi esencia cambió de cuerpo. Sigo viva, aunque encerrada en su interior.
-Así que ahora estamos los tres portadores y los tres dioses reunidos en una sala-murmuró Ekaterina, introduciéndose en la conversación-. Una situación un poco incómoda. ¿Con qué propósito?
-¿Propósito?-rió Exis-. No hay propósito. Es una mera consecuencia imprevista, y nada más.
-Uno nunca puede saber qué puede pasar cuando dos fuerzas grandes se desencadenan y chocan-añadió la Eterna-. Una pelea entre dioses nunca termina bien.
-¿Cómo lo sabes? ¿Acaso ha habido alguna antes?-preguntó la portadora, ladeando la cabeza.
-No me apoyo en la experiencia, sino en la lógica-respondió la diosa-. Somos tres fuerzas totalmente opuestas: Materia, Inmateria y Antimateria. Nuestros poderes, por supuesto, también lo son.
-Y después de esta lección de física avanzada, pasemos a otro punto-cortó Karolina, que comenzaba a impacientarse-. ¿Cómo salimos de aquí?
-Eso es relativamente simple-contestó Exis-. Uno de los dos, el Material o yo, debe morir.
-Pero... ¿Cómo?
-Ahora mismo, ambos estamos ligados a un cuerpo humano-contestó el gen original-. La muerte del ser humano en cuestión...
-Significa vuestra muerte-terminó Ekaterina, sacando su pistola y apuntando a Karolina.
La joven, sin un instante de duda, desenfundó la suya propia, aunque no tenía recuerdo de haberla cogido.
-Esto es una pelea entre vosotras, pues-murmuró la Eterna-. Nosotros no tenemos derecho a intervenir, ni a usar nuestro poderes en beneficio de nadie. Uriel, a ti te pido que no intervengas.
-Como deseéis-contestó él, apartándose un par de metros de las jóvenes.
Las dos se miraron mutuamente, analizándose.
-¿Por qué quieres morir?-preguntó Karolina, frunciendo el ceño.
Ekaterina se encogió de hombros, negó con la cabeza y sonrió. Casi parecía complacida por la pregunta.
-Durante eones, me he visto forzado a ser educado y generoso. He tenido que velar por mis creaciones, cuidar su desarrollo y compartir mi poder con todas ellas. Se me ha rogado, suplicado y exigido, he tenido que tomar tanta responsabilidad... ¿No tengo derecho a estar cansado?
-Y si tanto deseas la muerte, ¿por qué no aceptaste la posibilidad que te brindó Exis? Pudiste morir, y todo habría acabado para ti.
-Crees que, en el fondo, deseo vivir. ¿Verdad?-preguntó la otra, cerrando los ojos-. Pero te equivocas. Enfocas esto desde el punto de vista erróneo. Preguntas por qué quiero morir, pero también por qué deseo vivir, y piensas que se trata de una contradicción.
-¿Y niegas que lo sea?
-Sin dudarlo un instante-contestó Ekaterina-. Lo sería, si fuese un solo ser. Como humana, ambiciono la vida y el poder; como dios, por el contrario, busco morir y liberarme.
-Eso carece de sentido. Yo soy humana y portadora del dios de la destrucción, pero lucho porque el Universo siga existiendo-replicó Karol-. ¿Insinúas que Exis busca morir?
-Tú y yo no somos iguales. Yo siempre he sido dos, desde mi despertar; ambas personalidades controlan mi mente a partes iguales. Tú, por otra parte, has vivido siempre como humana. El dios que habita en ti no tiene tanta influencia como el mío.
Las dos se quedaron en silencio, apuntándose entre sí, buscando algún momento de debilidad.
La tensión que reinaba parecía enrarecer el ambiente, como si el mismo aire temblase. El miedo casi podía olerse.
Uriel, desde su posición, las observaba en silencio con gesto relajado. En su interior, sin embargo, la Eterna le hablaba, a modo de imágenes, mostrándole alternativamente las dos posibilidades de aquel duelo que se libraba ante él.
-Exis, tengo una duda-murmuró Karolina-. ¿Puedes responderme o eso también está prohibido?
-Puedes preguntar-contestó el dios-. A fin de cuentas, intelectualmente eres inferior a tu adversaria, y estás peor informada.
-Qué halagador...-susurró la joven.
-No te sientas ofendida. Adelante: ¿cuál es tu pregunta?
-Cuando salgamos de aquí, ¿quién tendrá el control de mi cuerpo? ¿Tú o yo?
-Es difícil afirmarlo con seguridad-contestó él-. Pero sería yo, muy probablemente. Volveríamos a estar como en el segundo antes de desaparecer.
-Gracias por la información.
-¿Alguna pregunta más o vais a seguir amenazándoos mutuamente?
-Seguiremos un rato, si no te importa-replicó Karolina, poniendo los ojos en blanco-. Tú, la portadora...
-Ekaterina, haz el favor.
-Eso es lo de menos. Quería hacerte una pregunta.
La joven asintió con la cabeza, procurando no demostrar que estaba realmente intrigada.
-Tanto tu cuerpo como el mío, mientras estamos en la realidad, son indestructibles siempre que nuestros poderes estén liberados. Pero, ¿crees ser capaz de resistir las bombas de Andy?
-Curiosa pregunta. Supongo que, gracias a ti, está perfectamente informado y conoce las limitaciones de los Miembros de la Sexta Facción-respondió Ekaterina-. Así que sabrá que, cuando el daño es grande, entramos en coma para regenerarnos.
-No lo dudes-mintió Karol-. Si sales de aquí y yo no me comunico con él, Pandora se borrará del mapa, y lo que quede de ti será encerrado y mantenido en coma.
-Y es de suponer que, en algún momento, alguien logrará separar el gen original de mí. Entiendo lo que quieres decir-murmuró la otra, entrecerrando los ojos-. Muy inteligente, y una auténtica jugada maestra. Aún si mueres, tu plan seguirá en marcha.
-Exacto. No es que planee morir, pero me pareció importante que supieras que has perdido, de una forma u otra.
-Está bien, puedo aceptarlo. Morir no es tan horrible-respondió Ekaterina-. Lo único que tengo claro que debo evitar es que tú vivas. Un Antiuniverso...
-Tampoco yo deseo algo así. Si en el último momento lo creyese necesario, me suicidaría para evitar la destrucción de todo lo que existe-explicó Karol, encogiéndose de hombros-. Según se ve, ambas estamos dispuestas a morir.
-Interesante...
-Para nada-intervino Uriel-. ¿Por qué no disparáis hasta gastar vuestros cargadores y termináis de una vez con esto?
-Apoyo la moción-comentó Exis.
-No te metas-replicó la Eterna, secundada por el Material-. Puedes contestar a sus preguntas, pero no puedes intervenir a ningún otro nivel.
-Ambos tenéis paciencia, al contrario que yo. No me echéis la culpa por intentar que esto sea un poco más divertido-se defendió el Antimaterial-. Ambos tan neutrales y calmados...
-Debes aprender a calmarte-intervino el gen original-. Si realmente quieres ser un dios en algún momento, has de ser más sosegado.
-No tengo pretensiones de dios, sino de antidios. Puedo ser como quiera y haré lo que me dé la real gana cuando tenga poder.
A pesar de que ninguno de los tres era visible, casi era obvio que el Material y la Eterna suspiraban con resignación ante el comportamiento marcadamente infantil del otro.
-Callaos todos-ordenó Uriel, totalmente serio-. Y terminad con esto de una vez, por favor.
-Tú solías ser más paciente-comentó Karol frunciendo el ceño.
-No estoy siendo impaciente, sino lógico. En estos momentos, estáis en igualdad de condiciones; quién vive y quién muere es puro azar-replicó el renegado-. La cantidad de tiempo que perdamos con esta pelea es algo que está en vuestras manos.
Ekaterina se encogió de hombros.
-No me suele gustar que me den órdenes. Además, yo aún tengo una pregunta importante.
-Sorpréndenos-ofreció Karolina-. ¿Qué quieres saber?
-No tengo nada que preguntarte a ti, así que no seas tan egocéntrica-respondió la otra, mirándola con aires de superioridad-. Mi pregunta es para la Eterna.
-¿Si? ¿Cuál es tu duda?
-Es muy simple, y deberías tener una respuesta. Si fuese convincente, me plantearía liberar al gen original.
-Esto empieza a parecerse a un programa de entrevistas-murmuró Karolina, divertida.
Ekaterina, ignorándola, continuó.
-Si tanto te esforzaste para crearme y sellar a Dios en mi interior, ¿por qué ahora debería ser liberado? Respóndeme.
La Inmaterial calló, pensando la respuesta.
-Yo no me he esforzado para crear ni destruir nada-afirmó con voz severa-. Mi único fin en esta existencia es oír la voz del Destino y transmitir mi consejo directamente al dios que reine, sin entrometerme en disputas banales.
-Sin embargo, fue el Material quien te encerró en un cuerpo-apuntó Ekaterina, negando con la cabeza-. ¿No te da rabia? Dividió tu poder en tres pedazos, y aún cuando se unieron en Uriel seguiste sellada. ¿No quieres venganza?
De nuevo, la Eterna se quedó en silencio. Aquella pregunta era como ponerle el dedo en la llaga, y Ekaterina lo sabía bien.
-Yo...
-No digas nada más-cortó Uriel con tosquedad-. Aún cuando quisieras venganza, lo cierto es que no puedes interceder a favor de ninguna de ellas. Vosotros mismos lo dijisteis al empezar.
-Somos dioses, podemos cambiar de...
-¿Parecer? No me hagas reír. Ahora mismo, no tenéis ningún poder; los Apuntes de Dios solamente os dan ciertas libertades, y entre ellas no se cuenta el usar vuestras habilidades. ¿Realmente crees poder engañarme sabiendo que lo sé todo acerca de este sitio?
El renegado se mantenía de pie, con los ojos cerrados y los brazos cruzados a la altura del pecho. Por dentro estaba preocupado, pero nadie debía notarlo si quería que las cosas salieran como debían.
-Tienes mucho valor, tratando así a una diosa-comentó Ekaterina, riéndose-. Pero ella tiene derecho a hablar, si así le place. Deja que responda.
La Eterna, sin embargo, no dijo nada. En su interior, sabía que el renegado tenía razón en todo lo que había dicho.
-Parece que tu plan de hacer amigos importantes siempre te sale mal, ¿no te parece?-se burló Karolina-. ¿No te ríes? Quizás no lo hayas cogido; me refiero a que en Pandora...
-Lo he pillado-afirmó Ekaterina, dura y tajante-. El problema es que no tiene la más mínima gracia.
-Oh, vamos, necesitas un poco de sentido del humor y aprender a reírte de ti misma.
Ambas agarraron con más fuerza sus armas, sin dejar de apuntarse ni un instante. Bastaba que una diese un paso en falso, que desviase la mirada un instante, que parpadease demasiado tiempo, para terminar con aquello.

-¿Siguen sin responder?-preguntó Rakshata, acercándose al monitor.
-Así es. Después de esa gran liberación de energía, los dos han desaparecido-respondió Andy-. Ni siquiera soy capaz de localizar sus transmisores.
-Quizá se hayan roto-propuso la otra-. Si lo piensas bien, esa explosión podría haberlos dañado y destruido sin ningún problema.
-Es posible... Vamos a comprobarlo.
-¿Nosotros? ¿En persona?
Andy sonrió.
-Siempre te ha gustado más mantenerte en la seguridad del laboratorio y no meterte en guerras-comentó sin despegar los ojos de la pantalla del ordenador-. Sin embargo, ya no quedan angelus ahí dentro; incluso Ishtar parece haber huido, dejando tras de sí el transportador de materia a medio arreglar.
Rakshata se quedó callada, pensando. Aquel era un buen cebo, sin duda; quería investigar aquella máquina, entender su funcionamiento y desarrollar una similar, pero mejor. ¿Debía arriesgarse a quedar en segundo plano y que fuera Andy el primero en probarla? Al ver que el peliblanco se ponía en pie se decidió.
-Quiero que me des permiso para analizar el transportador-ordenó.
-Dalo por hecho. Podrás analizarlo cuanto quieras-respondió él.
En aquel momento oyeron los gritos de socorro.
-Voy a buscarles. Tú ve sacando las cosas del botiquín-ordenó el científico, corriendo por el bosque buscando la fuente de los gritos.
Tras un par de minutos, los encontró: eran Shamira, Marik y Rashiid, y cargaban con el que, definitivamente era Hans. Andy se detuvo.
-Por favor, ayúdenos-pidió el árabe.
-¿Está herido?-preguntó el peliblanco, señalando a Hans.
-Mucho. Ha recibido un disparo y ha perdido mucha sangre, pero su corazón late muy lento-respondió Shamira con ojos llorosos-. Sabemos que no tenemos derecho, pero...
-¿No os habló de mí?-preguntó Andy, cargando con el cuerpo inconsciente de Hans. Sus piernas mecánicas soportaron el peso sin problemas-. Supongo que eso es lo de menos. Seguidme.
El peliblanco les guió hasta la zona de mandos, donde Rakshata había organizado todas las medicinas y materiales necesarios sobre la mesa. Con cuidado, dejaron al mercenario en el sofá.
-Es curioso que no se haya desangrado-fue lo primero que comentó nada más revisarle-. Es irónico, pero la debilidad de sus latidos le ha salvado la vida.
-Tiene varios arañazos y magulladoras-intervino Andy-. Y una... ¿quemadura?
El peliblanco señalaba el pecho del mercenario, ligeramente ennegrecido y chamuscado.
-Los angelus no contaban con lanzallamas-afirmó Shamira.
-Solamente pistolas y lanzamisiles-añadió Marik, abrazando a su hermana.
-No son ese tipo de abrasiones-replicó Rakshata, observando detenidamente la zona-. Más bien... parecen las muestras propias de una electrocución.
-Alguien le ha tratado antes que nosotros-sentenció el peliblanco-. Esas marcas se parecen mucho a las que dejaría unas palas de reanimación al aplicarse sin gel.
Rashiid se acercó al sofá, observando la mancha.
-Parece una mano-comentó-. ¿Quién pudo hacer algo así?
Rakshata y Andy intercambiaron una mirada cómplice.
-Karolina-contestaron a la vez.
-No olvidéis agradecérselo cuando vuelva-comentó Andy-. Por ahora, si no os importa, necesitamos concentrarnos. Tenemos que extraer los fragmentos de bala que quedan en la herida, detener la hemorragia y restablecer su pulso.
-Que no para de hundirse, por cierto-anotó la científica, que rodeaba la muñeca del mercenario con sus dedos-. ¿Qué tipo de sangre tiene?
-Cero positivo-contestó el árabe-. Tenemos el mismo grupo sanguíneo.
-Mejor que mejor, porque va a necesitar un litro de sangre como poco-comentó Rakshata-. ¿Alguna alergia?
-No, ninguna.
-Tomaba la droga del soldado, ¿verdad?-intervino el peliblanco, sacando un nuevo trozo de bala con las pinzas.
Los tres callaron.
-Supondré que eso es un sí-murmuró-. Está bien, no quedan muchos fragmentos. ¿Alguno tiene un mechero? Vamos a tener que suturar la herida.
Rakshata le pasó su pipa.
-Se enciende sola al pulsar este botón-explicó, señalando una protuberancia del mango-. Procura no mancharla de sangre más de lo necesario, le tengo mucho aprecio.
Andy puso los ojos en blanco, pero cogió el instrumento que su compañera le pasaba. Con cuidado, sacó el último pedazo de metal del agujero y se apresuró a quemar la herida.
-Ve sacándole sangre al otro mientras yo le subo el pulso-ordenó Rakshata, buscando una inyección de adrenalina.
El peliblanco asintió con la cabeza.
-Puede que esto te duela, pero sin la maquinaria adecuada...-comentó, cogiendo una jeringuilla que destacaba por su tamaño-. Tendré que sacarte tres como ésta para conseguir la sangre que vamos a necesitar, y no hay bocadillo para después.
-Él me cedió su sangre sin apenas conocernos. Lo justo es que le devuelva el favor-respondió Rashiid, levantándose la manga de la camisa y ofreciéndole el brazo.
Andy lo agarró y, con pulso de cirujano, introdujo la aguja y comenzó a tirar del embolo.
-¿Hace cuánto que os conocéis?-preguntó, procurando distraerle.
-Desde algo después de la Revelación-contestó el árabe, impasible ante el dolor-. Aunque durante los últimos años ha sido más bien difícil mantener ningún tipo de relación con él.
-Es lo que tienen las prisiones del imperio-comentó Andy, sacando la jeringuilla e introduciendo su contenido en una pequeña bolsa de plástico que habría de servir de gotero.
-Tú le liberaste, ¿me equivoco?
El peliblanco rió.
-No, no te equivocas. Nuestro objetivo no era salvarle, pero ya que estábamos... Antes de agradecerme nada, deberías saber que también soy el tipo que le ha metido en esta misión.
-Y el que le ayudó a salvar a la zarina-intervino la adolescente-. Nos lo explicó cuando le conocimos.
-Ah, ya... Vosotros sois Shamira y Marik, los hermanos...-murmuró el peliblanco-. Hans tenía pensado que os quedaseis conmigo una vez terminada la misión. Me pidió que cuidase de vosotros. ¿Por qué elegisteis quedaros con él? La vida conmigo habría sido bastante más cómoda.
-Hans es como un padre para nosotros-respondió Marik-. No le abandonaremos nunca.
Andy les miró fijamente un momento, desviando luego la mirada a la jeringuilla.
-Esto ya está. Siéntate, no vaya a ser que te marees-ordenó, tendiéndole a Rakshata la bolsa de plástico y un tubo fino y alargado.
La científica, con habilidad extraordinaria, introdujo el extremo con una pequeña aguja en la muñeca del mercenario, clavando después el otro lado en el gotero improvisado y pegándolo con cinta adhesiva para evitar que la sangre escapase.
-Tú, ricura-llamó, señalando a Marik-. Sujeta esto en alto.
El joven corrió hasta el sofá y obedeció, solícito. Rakshata, por su parte, no paraba de tomarle el pulso, que parecía subir lentamente.
-Por ahora está estable-anunció al fin, para alivio de los tres-. No es seguro que sobreviva, pero si continúa evolucionando así es muy probable.
Todos suspiraron a la vez. Precipitadamente.
-Andy.
La pantalla del ordenador fue ocupada por la cara de Giulia.
-¿Qué sucede?-preguntó el peliblanco, acercándose al monitor y sentándose en la silla.
-Recuerdas que me mandaste a inspeccionar el terreno, ¿verdad?
-Casi lo había olvidado. ¿Qué sucede? ¿Has encontrado alguna cosa importante?
-Una prueba, no. Pero sí que he descubierto algo muy importante, y sea lo que sea... se nos va a ir de las manos muy pronto.
Andy enarcó una ceja.
-Explícate, por favor-pidió Rakshata, poniéndose junto a Andy.
-Una gran fuente de energía se acerca. Nunca había encontrado nada similar: la potencia que desprende se sale de todos mis medidores-explicó Giulia-. Andy, algo muy gordo se nos está viniendo encima.
-¿Nipochina nos está atacando?-preguntó Andy, abriendo en uno de los monitores las imágenes de las cámaras de seguridad restantes.
-Improbable. Tanto tú como yo tenemos espías allí, y ninguno ha entrado en contacto con nosotros-respondió Rakshata-. El Imperio Indio no tiene nada similar, por si te lo estabas preguntando.
-Entonces... ¿quién? ¿Los 10 Estados de América? ¿New Canada?
-Ninguno de ellos sería capaz de desarrollar semejante tecnología-respondió Giulia-. Ni Ozeania, ni el Neoimperio, ni la Sacra Urbe.
-Eso nos deja sin candidatos. Los Estados Dispersos, Rusia, la Confederación Arábiga... Sospechar de ellos sería una soberana tontería-murmuró Rakshata.
-Estamos obviando dos sospechosos. Dos personas capaces de desarrollar semejante cantidad de poder y que escapan a nuestros informadores.
Andy se mordió el labio inferior, frunciendo el ceño. Rakshata le imitó.
-Karolina...
-... y Ekaterina.
-Ambas son perfectamente capaces. La única duda es, ¿cuál de las dos?-murmuró Giulia, mirando alternativamente a los dos científicos.
-Sea quien sea-murmuró Andy-, tan pronto como llegue, haz explotar todas las bombas que escondí en los subsuelos de Pandora.
Giulia asintió.
-Está bien, esto es precipitado, pero tenemos que irnos de aquí-anunció el peliblanco, poniéndose en pie-. Rakshata, haz que tus tropas se retiren y que se alejen; vosotros haced lo mismo con los demás escuadrones de mercenarios.
-¿A qué distancia deben trasladarse?-preguntó Rashiid, sacando el teléfono del bolsillo de Hans.
-Tanto como puedan. Los explosivos que coloqué destruirán totalmente Centroeuropa.
Todos palidecieron al oír sus palabras, pero no había tiempo para el pánico. Con rapidez, ambos tomaron los teléfonos y comenzaron a dar órdenes a los subordinados.
-Marik y Shamira, ¿no? Vosotros dos, con la ayuda del otro, cargaréis con Hans-ordenó Andy-. Yo tengo que prepararlo todo para hacer que Alemania y cuanto la rodea explote en una nube de ceniza y dióxido de carbono.
-Una imagen muy específica y siniestra-comentó Rakshata, cerrando su móvil-. Evacuarán la zona mientras escapan.
-Fantástico. Giulia, ¿cuánto tardará en aparecer quien quiera que esté viniendo?
La máquina vaciló un momento, frunciendo el ceño.
-Diez minutos como mucho-afirmó al fin-. No va a dar tiempo a huir, Andy.
El peliblanco se mordió el labio inferior e hizo crujir sus nudillos.
-Está bien, hay una única solución-murmuró-. Vosotros cuatro huid de aquí por si no logro arreglarlo a tiempo.
-¿Qué vas a hacer?-preguntó Rakshata.
-Arreglar el sistema Uppsala y reactivar el escudo de energía-explicó, cogiendo su caja de herramientas-. El muro funciona en ambas direcciones.
-Pero... morirás...-susurró Rashiid.
-Y si no lo hago, también; o por la explosión, o por la portadora o por Karolina. O, en última instancia, por los ataques del resto de países que se desatarán en cuanto se descubra que los angelus han huido.

-Uriel, quiero hacerte una última pregunta-dijo Karol.
-¿Eso significa que has decidido terminar por fin con esta fiesta?-preguntó Ekaterina, soltando una carcajada seca.
-Pregunta lo que quieras, Karolina.
La joven tardó un par de segundos en hablar.
-¿Qué hay después de la muerte?
-¿Realmente quieres saberlo?-preguntó el renegado, frunciendo el ceño.
-Estoy preparada para morir, si así resulta necesario-respondió ella-. Pero... Antes de hacerlo... Quisiera saber la verdad. Si hay algún tipo de cielo, infierno o...
Uriel se rascó la barbilla.
-Después de la muerte... No hay nada-sentenció con voz seria y tranquila-. No hay un lugar donde reunirse con los seres queridos, ni castigos ni recompensas.
-¿Estás seguro?
-No, claro que no. Hay muy pocas cosas de las que se pueda estar seguro en este Universo. Pero puedo afirmar una cosa: si realmente existe un lugar donde las almas reposan, ese sitio no está en esta realidad.
Karolina sonrió con tristeza, mientras una lágrima corría por su mejilla.
-Una respuesta totalmente lógica y racional. No esperaba menos de ti-murmuró.
-Entonces, ¿has aceptado ya que tu viaje termina aquí?-preguntó Ekaterina, ajustando el dedo en el gatillo y cerrando un ojo para apuntar mejor.
-He aceptado que puede ser así-respondió ella-. Tú, por tu parte, sigues pensando que puedes huir de la muerte y vivir como humana una vida plena. Si no aceptas la posibilidad de perder...
-No perderé-cortó la otra, impaciente-. Yo no puedo perder, y tú no tienes derecho a vencer.
Karol enarcó una ceja.
-¿Derecho? ¿A qué te refieres?
El labio inferior de Ekaterina sangraba abundantemente, y temblaba. Sus ojos estaban vidriosos, como si en cuestión de instantes fuese a llorar.
-Tú lo has tenido todo. Una vida libre, tranquila y feliz; yo siempre he tenido que preocuparme y cuidar de mí misma, siempre huyendo para que nadie me encontrase. Huyendo por culpa de un gen original que me fue implantado sin preguntarme-gritó ella, al borde de las lágrimas-. Tengo derecho a vivir. Lo merezco.
Karolina sintió lástima por la otra joven, pero no dejó de apuntarle.
-Lo siento mucho por ti. Yo tampoco quiero morir, no en un lugar así, no por culpa de alguien como tú-masculló, escupiendo cada palabra-. Pero a veces hay que aguantarse y hacer lo que es correcto, sin importar nuestras preferencias.
-¡Ja! ¿Y tú me das lecciones de ética?-comentó Ekaterina con tono sarcástico-. ¿Quién te crees que eres? ¿La hija no reconocida de Santa Teresa de Calcuta y Ghandi, o la nueva reencarnación de Buda?
Karol negó con la cabeza.
-No creo ser nadie especial. He cometido mis errores, ¿para qué engañarnos?, y he hecho muchísimas cosas mal. Por mi culpa ha muerto gente, ¿te crees que no lo sé? Pero...
-¿Pero qué? Adelante. Sorpréndeme.
-Pero todos los errores que he cometido he intentado subsanarlos-terminó la joven-. Me acusas de prepotente y engreída, pero la que se cree única aquí eres tú. ¿Piensas realmente que yo he tenido una vida tranquila? ¿Estás de broma?
-Tú no puedes entenderme...
-A eso me refiero. Toda la vida he sido la “heredera de los Neumann”, o la “futura presidenta de la Organización”. ¿Libertad? ¿Tranquilidad? He sido un peón en manos de todos los malditos renegados de este planeta; se ha conspirado contra mí, y he sido perseguida hasta la extenuidad. Y cuando parecía que había llegado mi salvación, cuando apareció la “Elegida”... ¡Zas! Se la cargaron y yo me tuve que hacer a la idea de ser su sustituta.
Ekaterina abrió la boca para decir algo, pero Karol no se lo terminó.
-Oh, no, pero espera, que hay más: destruyo a Dios, a cambio de mis recuerdos, y me paso cincuenta horas encerrado con Uriel y la otra, casi tan prepotente como tú, para llegar de nuevo a la Tierra y descubrir que ahora hay que revivirle, y que todo el mundo da por hecho que yo, la “Segunda Elegida”, debo hacerme cargo del problema, mientras huyo de todos los gobiernos porque, teóricamente, no existo para el sistema. Y seguro que aún se me olvida algo-enumeró Karolina, agarrando con más fuerza la pistola-. ¿Que no puedo entenderte? Te entiendo mejor que nadie, pero eso no quita el hecho de que seas una egoísta con aires de superioridad que se queja mucho de ser “la portadora del gen original” aunque en el fondo adora serlo para sentirse poderosa e importante.
Ambas se quedaron calladas, apuntándose mutuamente en silencio. Y, de pronto, dos disparos secos que no tardaron más de un segundo en apagarse.

-Andy, no quedan ni tres minutos para que aparezca. No nos va a dar tiempo.
-Eso aún no lo sabemos. Termina de arreglar el software del sistema Uppsala mientras yo me encargo de la mecánica-respondió el peliblanco, ajustando diversos cables-. Por cierto, Giulia...
-¿Qué sucede?-preguntó ella, frunciendo el ceño.
-Yo moriré aquí, pero tú no-sentenció Andy, rascándose una oreja-. Al menos, eso es lo más probable. Quiero pedirte un favor.
-Haré lo que sea.
-Cuando muera y las bombas exploten... Manda a alguien aquí. Sea quien sea, Karolina o Ekaterina, sobrevivirá a la explosión, porque por algo son diosas, pero confío en que la potencia de la misma la deje incapacitada-explicó el científico, sin dejar de trabajar-. No creo que dure, pero necesito que, durante ese margen de tiempo, alguien...
-La sede y encierre en alguna celda de aislamiento-finalizó Giulia-. Es una decisión lógica.
-Me alegra que lo entiendas.
Ambos siguieron trabajando en silencio, tan rápido como podían.
-Andy, no queda mucho tiempo. Necesito hacerte una pregunta.
-Adelante.
-¿Qué borraste de mi sistema? Encontré el vacío en mi programa, aunque nunca te lo dije.
El peliblanco negó con la cabeza, nostálgico.
-Giulia... Te creé después de la muerte de mi esposa, eso lo sabes, ¿verdad?-la mujer asintió con la cabeza-. Cuando te diseñé... Tú eras ella. Tu personalidad, tu forma de hablar y de razonar... Te creé idéntica hasta el último detalle.
-Pero yo no recuerdo eso...
-Normal. Eso es lo que borré de tu sistema-explicó Andy, poniéndose de pie-. Eras demasiado parecida para no ser real. Decidí que debías cambiar si quería superarlo, y solamente mantuve dos cosas constantes.
-Mi nombre...
El peliblanco asintió con la cabeza.
-Y tu aspecto-finalizó, mirándola con nostalgia-. No fui capaz de cambiarlo.
Ambos se quedaron en silencio.
-El sistema Uppsala está al máximo-comentó Andy, tratando de cambiar de tema.
-Y quienquiera que esté viniendo llegará en diez segundos.
-Supongo que esto es una despedida-murmuró el peliblanco, tecleando los últimos códigos en el ordenador para iniciar el sistema de autodestrucción-. Eres la creación de la que más orgulloso me siento, Giulia. Por encima del ECHO, de mi coche y de cualquiera de mis armas.
La mujer, en el monitor, soltó una lágrima virtual.
-Tres... Dos... Uno... Cero.
Y nada más.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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